La Educación que Buscamos
Escrito en Artículos, Educación, Política - 29 marzo, 2009A fines de diciembre, poco después de que miles de jóvenes rindieran la PSU, presenciamos una polémica acerca de cuál era el examen más adecuado para aplicar a quienes aspiran a ingresar a la educación superior. Si la actual PSU o la antigua PAA, la prueba de aptitud académica.
El actual examen –la PSU-, nació a partir de la preocupación por proveer un mejor acceso a la universidad a los estudiantes más pobres. En aras de una mayor equidad se privilegió un test que midiera los contenidos de los programas oficiales por sobre la vieja prueba que medía aptitudes, más que conocimientos. Se pensaba que al medir contenidos la brecha entre los estudiantes más pobres y aquellos con mayores recursos se acortaría. Se subsanaría la valla socioeconómica a partir de un parámetro abarcable por todos: los contenidos oficiales están ahí, a disposición de quien quiera aprenderlos. Y ya no se mediría en función de aptitudes, más asequibles para quienes contaban con una situación que les había provisto de destrezas desde la más tierna infancia, en desmedro de quienes, dada su precaria historia de vida, no habían tenido posibilidad de desarrollar tales aptitudes.
Sin embargo, con la PSU la brecha continuó creciendo, y de ahí la polémica.
Independientemente de que, en lo personal, me parece central introducir el factor equidad en las políticas educacionales, creo que aquí el foco determinante estuvo equivocado. Es importante la equidad, pero es más importante orientar las políticas públicas en función de los requerimientos del país, en el difícil contexto de la globalización.
Hace rato que hablamos y escuchamos hablar de educación. Básicamente, porque nos parece que algo está mal con ella. Llevamos tiempo en que nuestros esfuerzos como país por reformar y actualizar los llamados contenidos educativos, así como también las prácticas pedagógicas propiamente tales, como la didáctica, están desfasados respecto de lo que juzgamos que deben ser.
En parte, esto se produce, a mi juicio, por una cierta confusión que opera en el momento de decidir qué es lo que debemos aprender o, lo que es lo mismo, por una lectura precaria respecto de la globalización y su potencia.
Dicho de otro modo, no tenemos claro qué es importante aprender y qué no. Y eso en circunstancias de que nuestro momento histórico nos permite ser especialmente audaces en relación con el diseño de los entrenamientos que requerimos como país.
Como miembros de una comunidad que, en último término, busca perdurar, por así decirlo, en las mejores condiciones posibles o, lo que es lo mismo, como parte de una comunidad que busca acrecentar su poder, nos interesa contar con una educación para producir y mantener tal ascenso. Y es que entendemos que una mejor educación nos abre mayores y mejores posibilidades de acción en el futuro.
Pero, en el esfuerzo por atrapar el mejor contenido que de lugar a una buena oferta educativa, dentro de la lógica empresarial que rige nuestro sistema, nuestra propuesta se desplaza, pierde su foco y recrea nuestro malestar frente a la cuestión educativa.
No es extraño comprobar que un gran número de egresados de nuestros planteles de Educación Superior siente que nunca recibió una formación que le permitiera, sencillamente, ganarse la vida. Atiborrados de conceptos y discursos representacionales, y muchas veces sin siquiera eso, sienten la frustración y la impotencia, paradójicamente, de no saber. Y, en efecto, no saben coordinarse con otros, no saben construir una oferta ni, en general, producir valor. Aunque, eso sí, cuentan con una certificación válida y, en ocasiones, con más de una.
El valor del conocimiento
Hoy resulta un lugar común señalar que la educación ya no debe ceñirse exclusivamente a la entrega de conocimientos, debido a que éstos (los conocimientos) están disponibles, esto es, a la mano de todo aquel que quiera acceder a ellos a través de la Internet. Por ello, no sólo resulta redundante entregar conocimientos. Esa misma disponibilidad hace que su valor también haya disminuido considerablemente.
En general durante la Modernidad y, especialmente desde la Ilustración, las instituciones educativas (al menos las de Occidente) han centrado sus esfuerzos a partir de ciertas interpretaciones acerca del hombre y del mundo que nos resultan transparentes.
Antes de ello, durante el Medioevo e, incluso, en la Antigüedad, en general el aprendizaje se relacionaba más con la enseñanza que con la adquisición de ciertos contenidos. De hecho, el término “enseñanza” proviene etimológicamente de “enseña” (insignis), que significa también “distintivo”, “insignia”. Y el aprendizaje es, ante todo, una práctica. Es, de hecho, la práctica de obrar análogamente a aquel que se distingue por aquella enseña o rasgo que buscamos adquirir.
Ahora, si bien esta manera de abarcar el aprendizaje tenía que ver ante todo con la formación moral, también hay un correlato en el aprendizaje profesional, por decirlo así, o más propiamente en la adquisición de un oficio.
En efecto, cada gremio tiene su escalafón (en rigor, todo el mundo medieval es un escalafón). En el extremo superior está el Maestro, que es quien tiene la práctica in-corporada, esto es, hecha cuerpo. El Maestro sabe lo que hay que hacer sin seguir reglas. Más aún, el Maestro es capaz de modificar las reglas del juego del cual es, precisamente, Maestro.
El Aprendiz, por su parte, es torpe. Quiere convertirse en Maestro algún día. Y para ello, debe practicar y obrar análogamente a como lo haría el Maestro. Y algo sumamente importante: debe otorgarle autoridad al Maestro para aprender de él.
¿En qué consiste, pues, el conocimiento para el hombre pre-moderno? Consiste en un saber hacer, en un conjunto de prácticas incorporadas, hechas biología, hechas hábito. Consiste en ciertas destrezas y competencias que se adquieren a través de la práctica guiada por un Maestro; y se adquieren como hábitos.
La gran diferencia que la educación clásica tiene con el contemporáneo “descubrimiento” de que el foco educativo debe centrarse en la adquisición de competencias, está dado por el diferencial de las visiones del mundo: mientras el mundo medieval está relativamente ordenado y cerrado, en el sentido de acabado (perfecto, dirían algunos), el nuestro es un caos que no acabamos de comprender. Sólo sabemos de velocidad, de cambio y, sobre todo, de apertura.
Vértigo es el término preciso.
Nuestra tradición
La interpretación de la educación que privilegia el traspaso o transmisión de ciertos contenidos proviene, como insinuamos antes, de un conjunto de interpretaciones más amplias, propias de la Modernidad en general y de la Ilustración en particular.
El discurso cartesiano, que logra interpretar el anhelo moderno por afirmar su presencia en el mundo desde el ser humano, y ya no desde un orden externo dado por Dios, nos lega también un modo de mirar nuestros asuntos, un estilo para abarcar los problemas que nos es propio.
De partida, para el cartesianismo el valor del conocimiento está dado por cuan “claros y distintos” sean los pensamientos a transmitir, lo que anula desde ya todo aquello que diga relación con los sentidos, por engañosos.
Además, en la consideración del ser humano, se configura la idea de que somos una mente arraigada en un cuerpo, y más específicamente, en la cabeza. Esto resulta especialmente delicado, ya que hasta hoy solemos habérnoslas con metáforas que asumen esta manera de mirar: es el caso de aquellos que, intentando recordar algo, señalan tenerlo en su “disco duro”.
La idea de la transmisión de conocimientos, tan propia de la tradición educativa que queremos dejar atrás, tiene sus raíces también aquí. Es de hecho, una mirada ingenieril. Y proviene, en lo que nos toca, del trabajo de Ferdinand de Saussure, para quien la comunicación es esencialmente la transmisión de un mensaje.
Método, comunicación como transmisión de información (centrada en quien “emite” y no en quien escucha), cuerpo como máquina, desapego, etc. Son los pilares de la educación que hoy nos entorpece el camino.
Y si bien la sensibilidad, esto es, la consideración de los sentidos como ingrediente necesario para lograr el conocimiento, es rescatada por Kant y la Ilustración, lo que se refuerza sin medida es la idea del mundo como concepto, o como resultado de una trama de conceptos.
Uno de los mayores vicios de esta manera de encarar el mundo está dado por nuestra precariedad comunicacional. En efecto, el deseo persistente y excesivo por lograr objetividad termina reduciendo todo a datos. Y eso es lo que entregamos a los estudiantes: datos, conceptos (que son estructuras de datos), definiciones.
Luego de hacer de la información un icono, nos sorprendemos de las tremendas dificultades que muchas organizaciones y personas tienen por producir coordinación y movilización.
En mi trabajo como consultor y entrenador en el ámbito de las organizaciones, me encuentro a cada momento con personas sumamente inteligentes que, empeñadas en movilizar a otros seres humanos, fracasan, precisamente, porque están enamoradas de la interpretación que supone que la información, por sí misma, basta.
Como si los fumadores dejaran de fumar luego de informarse que el tabaco es dañino para la salud.
En un mundo cuya producción está organizada industrialmente, resulta útil la mirada que aporta la ingeniería cartesiana: se trata de fabricar herramientas y utensilios; automóviles, para hablar de las cadenas de montaje. En consecuencia, en ese mundo resulta central que los niños en las escuelas se acostumbren a permanecer largos ratos quietos y concentrados, sin conversar, sin distraerse ni por un segundo de la pizarra, que contiene los conceptos que habrán de reproducir en un test o prueba de que han aprendido.
Es central que aprendan a demostrar y a ser objetivos.
Y ese es precisamente el mundo que se nos escapa.
Hoy no es especialmente difícil reconocer que los mercados y las crisis son globalizados y la que la tecnología cambia constantemente, haciendo que el mundo productivo y de servicios se caracterice por su flexibilidad y adaptación a los cambios.
El desarrollo de las telecomunicaciones nos permite acceder al conocimiento con una facilidad nunca antes pensada, y sin necesidad de permanecer, junto a otros, horas en silencio frente a un profesor y una pizarra.
El mundo interactivo ha dado lugar a la formación de grandes redes de ofertas, permitiendo que los productos y servicios sean comercializados en todo el planeta.
El desarrollo acelerado de las ciencias vinculadas a la salud nos permite vivir más, con el agregado de que ahora también es posible diseñar lo que antes era impensable, como nuestros cuerpos.
Tal vez, uno de los mayores cuestionamientos a la educación en que fuimos formados, por lo menos las personas de mi generación, está dado por el hecho de que las acciones de mayor significación para nuestra vida en comunidad han sido y están siendo llevadas a cabo por personas sin educación superior formal, como Steve Jobs o Bill Gates.
Hoy el mundo está siendo inventado lejos de las instituciones educativas.
Estos cambios, expresados en el contexto permanente y creciente que llamamos globalización, nos sitúan en un nuevo espacio social que no es asimilable a nuestras experiencias previas.
La globalización no nos trae consigo sólo nuevas tecnologías y productos a los cuales acceder. Nos trae también nuevas prácticas y estilos de relación que cambian nuestra forma de vida: señalar que la competencia se ha globalizado significa que nuestras ofertas y nuestra capacidad para hacernos cargo de preocupaciones de otros compite directa e instantáneamente con ofertas provenientes de otras comunidades, países y culturas.
También es posible aventurar que tales cambios provoquen un trastrocamiento de las opciones profesionales, esto es, provoquen algún declive de ciertas opciones tradicionales, como la Ingeniería dura, y el ascenso de otras menos tradicionales, como el Diseño, la Comunicación, las Bioingenierías y la Nanotecnología.
Autonomías Significativas
En otros tiempos la imagen del hombre era la de un ser pensante, un alma dotada de rasgos divinos; un animal racional, una cosa que piensa, una estructura de razón, etc. Hoy, paulatinamente vamos incorporando toda nuestra dimensión biológica, más determinante de lo que nunca sospechamos.
No obstante, aquello que más resalta con el fenómeno de la globalización y con la ruta que van tomando los cambios vertiginosos del mundo y sus posibilidades, es nuestro carácter de seres que viven en red.
Por ello requerimos grandes habilidades pragmáticas y de intercambio, de manera de interactuar con éxito, esto es, incrementando nuestro espacio de posibilidades de acción futura, en un mundo de redes globales. Habilidades y destrezas para intercambiar valor; para producir significados valiosos para otros.
Así, nuestra educación debería, pues, orientarse a producir en los alumnos un mínimo entendimiento acerca de la oferta que cada quien es en cuanto comunidad, y en hacer esa oferta efectiva.
De otra manera no sería posible entendernos a nosotros, los actores del juego de la vida, como Autonomías Significativas; esto es, como individuos-comunidad que trascienden su capacidad de elegir o actuar libremente, para formar parte de algún tipo de organización que le de sentido a sus vidas. O, dicho de otro modo, como seres que hacen de su modo de ser algo eficaz o valioso para otros.
Así, educar a otro equivaldría a entrenarle en la administración de su propia vida, pero alejados de la mirada que organiza la vida en base a propósitos estrechos y definidos o como procedimientos o métodos estrictamente determinados. Y, ciertamente, lejos de cualquier voluntad de verdad. Mejor aún, cultivando ante todo una voluntad de comunidad.
Vistas así las cosas, se hace absolutamente necesario tomar en cuenta el grado de amplitud y de destreza de los estudiantes en el momento en que definen sus compromisos. Ese es el propósito más certero de la educación que buscamos.
Y es que la única ética planetaria posible, al menos tal y como andan las cosas, es la del cuidado de los compromisos.
Nuestra educación se alejaría así de aquel ideal del “saber es poder”. Aunque continuaría orientándose a obtener un grado sumo de abundancia o un grado óptimo de poder, entendido ahora como optimización de la efectividad de los compromisos (independientemente de que no sepamos a ciencia cierta cómo se miden los buenos compromisos).
El propósito de la educación no está, pues, en descubrir un repertorio completo y coherente en algún dominio en particular. Está, más bien, en la exploración y, eventualmente, en la invención de posibilidades de acción en conjunto con otros.
Una Didáctica de Competencias
He leído en más de una oportunidad ofertas educativas de algunas universidades y colegios que declaran ejercer una formación por competencias. Sin embargo, jamás he visto explicitadas tales competencias o destrezas.
La mayoría de las veces, lo que han hecho es redactar los programas de manera diferente, sin hablar ya de objetivos a lograr sino de habilidades a lograr. Un discurso acerca de las competencias y una gran ceguera respecto de nuestra actitud y modo de modificar nuestras prácticas educativas.
Es decir, la educación por competencias, al menos la que he tenido la oportunidad de conocer, nada tiene que ver con un enfoque radicalmente diferente respecto de lo que vale la pena aprender hoy en día; ha devenido, una vez más, en metodología. Y ahí está la ceguera.
Dicho de otro modo, la mayor dificultad para encarar los desafíos educativos que nos imponen los tiempos está en la transparencia de nuestros prejuicios. Por ello, si la formación universitaria de profesores es esencialmente cartesiana, muy difícilmente tales profesores provocarán un cambio significativo en la formación de sus estudiantes.
La instalación de destrezas y habilidades requiere, como en los viejos tiempos, de Maestros que las encarnen. No es posible “estudiar” competencias en un libro. Y mientras muchas Facultades de Educación se concentren en entregar a sus alumnos un repertorio de métodos, más perderán estos la capacidad de escuchar el trasfondo de su delicada tarea.
Destrezas para un mundo Wired
Ya no tiene objeto convencer o demostrar; hoy el desafío está en seducir y liderar.
La educación que buscamos apunta a cultivar ciertas destrezas que permitan a los alumnos construir valor para otros.
Ahora bien, una de las características del valor y lo valioso que atenta más claramente a nuestro sentido común está en el hecho de que el valor no es una cosa. Con esto queremos significar también que no existen cosas u objetos valiosos en sí mismos.
Muchas personas piensan que el valor es una suerte de característica propia de algunos objetos que habitan el mundo, una cualidad intrínseca de las cosas. Sin embargo, observamos que el valor emerge siempre en la evaluación de alguien.
Una oferta, en tanto compromiso de futuro, resulta valiosa sólo si quien la recibe evalúa que le produce o puede producirle valor. En otras palabras, una oferta resulta valiosa si le habla a la preocupación de un ser humano, en sintonía con el modo en que encara el futuro.
Por ello, la primera habilidad o destreza de la que debería hacerse cargo la educación que buscamos es la de escuchar.
Es la destreza primera y principal. Sobre todo en un mundo globalizado y plagado de diferencias raciales, culturales, religiosas, etc.
Ahora bien, no hablamos de escuchar en el sentido de oír. No tiene que ver con captar sonidos. Tiene que ver, más bien, con apercibirse activamente de las significaciones del otro que soy capaz de interpretar desde mi propio repertorio de significaciones. Significaciones que, organizadas de modo peculiar, hacen de nosotros seres únicos, e implican también un peculiar modo de habitar el mundo.
Y puesto que parte importante de nuestras significaciones provienen de nuestras tradiciones, esto es, del conjunto de conversaciones y prácticas del pasado-presente que constituyen nuestro horizonte interpretativo, entonces otras habilidades y destrezas a cultivar en los alumnos será la sensibilidad a las tradiciones, los estilos y la historia.
Cultivar una sensibilidad no es lo mismo que adquirir un conocimiento. Hacerse sensible a un fenómeno implica considerarlo, ser consciente de su presencia y potencia. En este caso, tiene que ver, en primer lugar, con saber que el otro, en toda su diferencia, también es sujeto de tradiciones y encarna un estilo que es, en definitiva, histórico.
La habilidad para observar las prácticas y las tradiciones del pasado es la que nos permite también articular nuevas interpretaciones, esta vez acerca del futuro y sus posibilidades. En el pasado está el germen de la innovación.
La posibilidad de diferenciarse en el contexto global, ya sea como comunidad o como individuo, pasa por cultivar una identidad fuerte. Por tener la destreza para diseñar identidades en diversos dominios de acción.
Aquí es donde emerge también aquella suerte de ética pragmática a que hacíamos alusión antes: la identidad se cultiva a partir del cuidado de los compromisos en una red de relaciones.
Por ello el cuidado de los compromisos resulta otra habilidad fundamental, aunque ya no desde un punto de vista moral, sino pragmático. Esto es sumamente importante, ya que, con ello, buscamos alejarnos de la voluntad de verdad que impregna el sistema educativo que postulamos trascender.
De hecho, con ello buscamos también facilitar que los estudiantes sean capaces de adquirir y fortalecer habilidades de coordinación y destrezas para producir acción. Y no de cualquier modo, sino apropiándose de las oportunidades que, para ello, presenta la Internet y la tecnología en general.
Por último, está la habilidad o destreza para reconocer y, eventualmente, intervenir en las disposiciones emocionales desde donde leemos el mundo. Disposiciones que están en la base de lo que, en general, consideramos posible, y que forman parte del repertorio de competencias que distingue a los líderes.
Aprender a escuchar, hacerse sensible a la historia, a los estilos y a las tradiciones. Aprender vivir y trabajar en comunidad, a partir de una ética del cuidado de los compromisos y del cultivo de confianza. Trabajo en equipo e invención de posibilidades en conjunto con otros. Liderazgo y compromiso.
Jovialidad y destreza para seducir a otros en torno a lo que es posible y deseable, para cambiar el sentido de oportunidad de una comunidad.
Destrezas todas necesarias para navegar con éxito las aguas globales y ultra tecnologizadas de hoy, y como posibilidad de recuperar un sentido para los esfuerzos de nuestra nación, nuestros profesores y nuestros estudiantes.
Imagen : Instituto Crear
Vía: El Batiscafo







agosto 17th, 2009 at 18:05
Javier, lo que dices en tu artículo me provoca los siguientes juicios: “Estamos equivocados de raíz, porque seguimos presos de nuestra ansiedad de querer predecir el futuro, porque seguimos anhelando un mundo estable… Desde ahí estamos educando a nuestros hijos para un mundo que ya pasó, que dejo de ser… De la mano de Humberto Maturana, me digo: Si educáramos a nuestros hijos para hacerse cargo de su presente…, ya sería un gran paso. Por otra parte, la educación se da en el espacio de relación entre un maestro y un alumno… La condición de ambos no la asegura un aula. Partamos por ahí, para hacer una educación de calidad precisamos de maestros y de alumnos, lanzados al juego de aprender. No respecto al cómo es el mundo; sino a como se inventa cada día y qué aporte pueden hacer ellos, desde las tradicioens que encarnan o desean encarnar. ¿Obvio no?: todo marmota lo sabe!!
Aparte, me parece relevante tu juicio respecto a la gestión por competencias, o ahora, el currículo centrado en el desarrollo de competencias. Nuevamente transformada en moda por aquellos que buscan ansiosamente la receta mágica. Desde la misma visión Cartesiana, termina siendo más de lo mismo.
¿Qué dices?
UN abrazo,
Joaquín